
¿Que son los espacios? ¿No son acaso los territorios donde la convivencia encuentra un referente común? ¿No son como una suerte de fortalezas donde se intercambias signos, gestos, razgos de una misma formación sentimental, emblemas de un divertimento colectivo? En una de las escenas más conmovedoras de Cinema Paradiso, la cinta donde Tornatore rinde un homenaje al séptimo arte y a su infancia, un pueblo siciliano, ya resignado al auge de una modernidad avasalladora, se reúne frente al cine que los vio crecer y envejecer sólo para testimoniar su derrumbe. Sólo sobresale, entre el sonido cruento de las ruinas que conforman el lamento sordo de una comunidad avejentada, la voz ronca del vagabundo de la plazuela quien sigue manifestándose como el único propietario de la misma.
El año pasado todos fuimos testigos de una de las manifestaciones más entrañables en la historia del deporte de conjunto cuando el Yankees Stadium, una mole inexpugnable de poder no sólo beisbolero sino cultural en Norteamérica, cerró sus puertas para siempre. Y es que no se trata del simple escenario físico que sirvió de punto de confluencia para una afición sonora, sino del sitio que recorrió la legua en jugadas y leyendas que fueron sacralizándolo a la luz del llamado rey de los deportes. Es difícil medir la magnitud de un palacio como el Yankees (no hace mucho le preguntaba a mi padre sobre las acciones más célebres que se habían dado sobre la grama de dicho estadio y así, a vuela pluma, sólo me enumeró treinta). En el futbol, claro, se privilegia a los estadios cuya grandeza está signada por los sucesos de incontrovertible leyenda. Difícil suponer una historia del balompié sin una enumeración consciente de cosos como el Centenario, el Maracaná, el Azteca, el Monumental, la Bombonera, el San Siro, El Santiago Bernabeu, el Wembley, el Camp Nou, el Olímpico de Roma. Como un gran monstruo d efervor colectivo, el futbol dispersa su celebridad en diversos puertos donde escribe pedazos de historia.
Cuando Cruz Azul jugó contra Santos de Torreón aquella final sufrida de hace tres torneos, quien esto escribe estuvo a punto de animarse a emprendar los derroteros de la sierra en pos del triunfo celeste. Me habían platicado del Corona como un escenario pequeño, como un hervidero elocuente que le abre la llave por partes iguales a consignas de exaltación regional, mentadas de madre gratuitas y cánticos al pundonor futbolero de la tribu. No pude ir. El domingo me pesó, pues es inevitable procurar el recuerdo vívido de un espacio como el de Santos, a sabiendas del cierre definitivo de sus puertas sólo para ser demolido al día siguiente. Sí pude evocar algunos momentos de aquel Santos que, comandados por Ramón Ramírez, el Turco Apud, Héctor Adomaitis o Pedro Muñoz le brindaron un gran encuentro al Tecos de ensueño de Vucetich; también pienso en el Santos que venció al Necaxa de la mano de Jared Borgetti o el Santos de Vuoso y el grado de imbatibilidad que otorgaba la llamada Casa del dolor ajeno. Ahí, en ese estadio, nació Antonio Olvera, un excelente aunque frágil lateral derecho, ahora sumido en el anonimato que ofrecen lesiones e irregularidad por partes iguales.
Pienso también en la afición y lo que vio o lo que sintió al ver como con el estadio se caían pedazos de su propia vida.



