miércoles 4 de noviembre de 2009

El Corona


¿Que son los espacios? ¿No son acaso los territorios donde la convivencia encuentra un referente común? ¿No son como una suerte de fortalezas donde se intercambias signos, gestos, razgos de una misma formación sentimental, emblemas de un divertimento colectivo? En una de las escenas más conmovedoras de Cinema Paradiso, la cinta donde Tornatore rinde un homenaje al séptimo arte y a su infancia, un pueblo siciliano, ya resignado al auge de una modernidad avasalladora, se reúne frente al cine que los vio crecer y envejecer sólo para testimoniar su derrumbe. Sólo sobresale, entre el sonido cruento de las ruinas que conforman el lamento sordo de una comunidad avejentada, la voz ronca del vagabundo de la plazuela quien sigue manifestándose como el único propietario de la misma.

El año pasado todos fuimos testigos de una de las manifestaciones más entrañables en la historia del deporte de conjunto cuando el Yankees Stadium, una mole inexpugnable de poder no sólo beisbolero sino cultural en Norteamérica, cerró sus puertas para siempre. Y es que no se trata del simple escenario físico que sirvió de punto de confluencia para una afición sonora, sino del sitio que recorrió la legua en jugadas y leyendas que fueron sacralizándolo a la luz del llamado rey de los deportes. Es difícil medir la magnitud de un palacio como el Yankees (no hace mucho le preguntaba a mi padre sobre las acciones más célebres que se habían dado sobre la grama de dicho estadio y así, a vuela pluma, sólo me enumeró treinta). En el futbol, claro, se privilegia a los estadios cuya grandeza está signada por los sucesos de incontrovertible leyenda. Difícil suponer una historia del balompié sin una enumeración consciente de cosos como el Centenario, el Maracaná, el Azteca, el Monumental, la Bombonera, el San Siro, El Santiago Bernabeu, el Wembley, el Camp Nou, el Olímpico de Roma. Como un gran monstruo d efervor colectivo, el futbol dispersa su celebridad en diversos puertos donde escribe pedazos de historia.

Cuando Cruz Azul jugó contra Santos de Torreón aquella final sufrida de hace tres torneos, quien esto escribe estuvo a punto de animarse a emprendar los derroteros de la sierra en pos del triunfo celeste. Me habían platicado del Corona como un escenario pequeño, como un hervidero elocuente que le abre la llave por partes iguales a consignas de exaltación regional, mentadas de madre gratuitas y cánticos al pundonor futbolero de la tribu. No pude ir. El domingo me pesó, pues es inevitable procurar el recuerdo vívido de un espacio como el de Santos, a sabiendas del cierre definitivo de sus puertas sólo para ser demolido al día siguiente. Sí pude evocar algunos momentos de aquel Santos que, comandados por Ramón Ramírez, el Turco Apud, Héctor Adomaitis o Pedro Muñoz le brindaron un gran encuentro al Tecos de ensueño de Vucetich; también pienso en el Santos que venció al Necaxa de la mano de Jared Borgetti o el Santos de Vuoso y el grado de imbatibilidad que otorgaba la llamada Casa del dolor ajeno. Ahí, en ese estadio, nació Antonio Olvera, un excelente aunque frágil lateral derecho, ahora sumido en el anonimato que ofrecen lesiones e irregularidad por partes iguales.

Pienso también en la afición y lo que vio o lo que sintió al ver como con el estadio se caían pedazos de su propia vida.

miércoles 28 de octubre de 2009

La Mediocridad

En la prehistoria, sí, en aquella época en la que el futbol mexicano se distinguía por ostentar una apostura nacional, permeada por la incorporación de extranjeros jóvenes, en cuyos países ya habían gastado la onza de una calidad indiscutible, todos, absolutamente todos, éramos felices e inocentes. Compartíamos el alegre autoengaño de un futbol regular, donde equipos grandes como América o Cruz Azul invertían sin rubor para contratar jugadores de Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile o Perú. Fue así como fuimos diseñando un nicho de idolatría que aún hoy se mantiene inviolable. El futbol mexicano de aquellos años revestía pundonor, dinámica y anarquismo estratégico, individualidades a manos llenas. Sin embargo, no teníamos ese referente que nos golpeara con toda su ostensible realidad. Nos conformábamos con lo que la televisión o la radio nos brindaran desde un más allá que sonaba a epopeya imposible. No recuerdo mi primer partido de futbol ni como fue que me enamoré de Cruz Azul. Sí recuerdo que el tono de esa playera lo reconocí años después (en el Heraldo de México) pues mi padre se empeñaba en comprar semana tras semana el Esto, una publicación sepia que aún se debate entre la tradición de sus páginas y el empuje de los nuevos diarios deportivos. El invencible Cruz Azul de aquellos años practicaba un futbol no sólo efectivo sino espectacular. Habían ascendido con sangre, sudor y lágrimas para construir paulatinamente un historial de éxitos que poco a poco tiembla en el anecdotario de la memoria colectiva. El Atlético Español, los académicos del Atlas o los Leones Negros de la U de G presumían, pese a no haber conseguido ni la mitad de un título, la práctica de un futbol de portentosa armonía colectiva; un futbol ensayado de toques, posesión y poderosa letalidad en la vanguardia.

¿Qué fue lo que nos abrió los ojos?¿Qué sucesos magnificaron la evidente mediocridad de un futbol cuya personalidad estaba (en buena medida lo sigue estando) diseñada entre el pundonor nacionalista, el arribismo dirigencial, la ignorancia de los de pantalón largo, la dejadez de las fuerzas básicas y la presencia de extranjeros grises en su funcionamiento? ¿Cuántos de estos extranjeros han llegado con ese aire de los césares cuyos territorios les parecen pequeños, y quieren agregar nuestro mapa en sus lauros inmediatos? Uno, al menos un evento vino a modificar nuestra percepción: el viaje de Hugo Sánchez a España. Este simple hecho nos dio la posibilidad de ver al divo en un contexto extraño para quienes comenzamos a pensar en el futbol como un espectáculo intramuros. Otro suceso trascendental para la ampliación de nuestra perspectiva fue la incorporación de la tele de paga a la vida doméstica. Sí, cadenas como ESPN o Fox nos regalaron el paraíso nada artificioso de un futbol dinámico, plagado de individualidades y, en no pocas ocasiones, amparado en la táctica. Sin embargo, era distinguible ese futbol -europeo- del nuestro. Son tres lo equipos que nos formaron al margen de los mundiales, cuya resonancia documenta un proceso fatigoso pero no convencional: El Real Madrid de la Quinta del Buitre, el Milán de Sacchi y el Barcelona de Cruyff. Por eso, hoy en día no es gratuito hablar del Barcelona como la figura tutelar de un futbol cuya búsqueda es la ensoñación y el aletargamiento permanente de los rivales; su estilo de juego va a la par de la calidad técnica de sus hombre, simplemente porque ambas condiciones necesitan de sí.

La ominosa mediocridad de nuestro futbol cada día es más patente y, pienso, se agudizará aún más con los años, debido a las pocas posibilidades de sustraer de los extranjeros una joya que vivifique y anime la liga. Sólo la formación de jugadores de primer nivel pudiera animar una fiesta donde cada quien baila cuando quiere, y mal. Lo del fin de semana pasado fue una lágrima. En contraste, la televisión de paga exhibe la verbena del Barcelona, el pundonor del Liverpool y el Milán y hasta los derroteros de un clásico argentino que, como sea, huele a sangre.

viernes 23 de octubre de 2009

El Real Madrid es un equipo de mercadillo y sin tendero


Por Ivar Matusevich


El Milán te vende a Kaká, no se refuerza, se arrastra por los campos de la Serie A, ve como un árbitro le anula un gol insólito y encima te saca los colores, te gana con autoridad y con la sensación de que apretó cuando quiso ante un Real Madrid sin conducción. Muchos lloran un penalti, pero que nadie olvide que el segundo tiempo fue un parcial de 1-4, con gol anulado a los rossoneri, incluido. Incontestable.
Porque el conjunto blanco es un resumen de arrogancia y ausencia de realismo: millonadas sin sentido a la imagen y semejanza del marketing impuesto por Florentino Pérez, ejecutado por Jorge Valdano y obedecido por Manuel Pellegrini, desde ayer, oficialmente, el segundo plato del poeta argentino.
Que el Real Madrid no sabe a qué juega, se supo desde el principio y ante el argumento de que aún es demasiado rápido para juzgar, me pregunto cuándo será el momento de aceptar la realidad de un equipo que no juega a nada, que defiende mal y que, además, no tiene espíritu de lucha, a excepción de Raúl, artífice del primer gol y mago milagroso en el segundo, cuando en el equipo nadie quería sacar un córner.
Pero ahí no termina todo: si Pellegrini debe recurrir a Drenthe-el gol es una casualidad- para dar vuelta un partido ante el Milan e, incluso, dejarlo lanzar una falta al borde del área con Xabi y Kakà atemorizados, pero en el campo, es que la plantilla del Real Madrid la hizo Joan Laporta.
Al cambio del chileno sólo le faltó dedicatoria: es para ti Valdano, por haberme vendido a Robben y a Sneijder. ¿Quieren el triplete? Con un trabajo mal hecho y sólo ocupando titulares a partir de refuerzos que aún no han dado nada, a excepción de Cristiano Ronaldo, el Madrid se arrastra por Europa y ante cualquier partido medianamente complicado: Juventus en la Peace Cup, Sevilla en Liga y Milan en Champions, tres derrotas y tres bocados de realidad. Si hablamos que Guardiola 'no resuelve' partidos cerrados, ¿qué queda para el chileno?
Mientras el Barcelona busca volver a su estilo ante un tropezón sin demasiada importancia porque lo avala su trayectoria, el Real Madrid, ¿¡aspirante!? a ganar todo, no sabe cómo ni tiene pinta de saberlo. No hacen falta más palabras porque ya lo he dicho más de una vez.
Nunca es triste la verdad, lo que no tiene es remedio.

miércoles 21 de octubre de 2009

Ideas para el TRI

Cuando Jorge Vergara llegó al futbol mexicano, lo hizo con esa estela de los nuevos empresarios que apuestan todo a la mercadotecnia. Dueño de una firma de multinivel, con la apostura de los que pugnan por una filosofía triunfalista, basada en el diseño de estrategias que procuran el fortalecimiento de sus finanzas, Vergara quería ampliar su campo de influencia a sectores hasta entonces no explorados. A su club, las Chivas de Guadalajara, un equipo cuya propiedad aún se mantiene en vilo en los tribunales, lo convirtió, primero, en un ideal para el mercado nacionalista que ve, en los rojiblancos, una suerte de bastión inexpugnable donde se pueden verter al antojo cualquier tipo de consignas de lesa mexicanidad . Después fue organizando alrededor de él una filosofía encaminada a privilegiar el éxito ante todo: desde el desdén al rival, el uso indiscriminado de una parafernalia mediática que incluye desplegados, declaraciones en la televsión con el aire autosuficiente de quien posee una verdad de piedra, un afán de extranjerizar sin un sistema previo la estructura de este futbol nuestro, tan pequeño, tan chato, tan gris. Gracias a Jorge Vergara tuvimos la posibilidad de tener entre nosotros a Mr. Sven Goran Ericsson, luego del fracaso ominoso de Sir. Hugo Sänchez.
El sueco, ya lo hemos dicho en muchas ocasiones, vino a pasear, a beber bien y a prolongar su leyenda de playboy infranqueable entre las morenas de México. Nada más. Hugo llegó a escribir un script donde él era el protagonista, el héroe de los superpoderes pero también el villano que quiere robar el rayo ultrasónico para conquistar el mundo (podría ser también la dama joven de la película y el extra que pasa fingiéndose irreconocible aunque lo delaten sus rulos del trópico). Vergara lo echó personalmente de la selección -cuenta la leyenda- y promovió la llegada del sueco. Con menos poder de convocatoria que en sus inicios, el empresario ha convertido a las Chivas en un prolongado montaje teatral donde se sigue buscando al actor protagónico. Aunque jugaban muy bien con Efraín Flores, al equipo le faltaron los tamaños para cerrar un ciclo prometedor. Ni Omar Arellano, ni Paco Ramírez tuvieron la suerte de conformar un cuadro competitivo, a pesar de contar con una de las canteras más prósperas del panorama nacional. Hoy en día las Chivas son un cuadro gris, efectivo, poquitero y puntilloso, gracias a la mano de un técnico cuyos ciclos son la promesa de una eternidad al frente: Raúl Arias.
Vergara no ha dejado, sin embargo, de involucrarse con las decisiones que configuran el paisaje de la Femexfut. De cuando en cuando gusta de sumirse en el ojo de los debates con una declaratoria arrojada, no pocas veces excesiva, apuntalada por el aire de poderío que da el ser el mandamás de un club como las Chivas.
La última de Vergara y su gabinetazo es una perla. Pretender que la Selección Nacional se incorpore al devenir del torneo de clausura 2010 como un club más. Es decir, conformar un equipo que se apegue al mísero sistema de competencia mexicano, con sus reglas específicas, con su calendarización caótica y sus estrategias mediáticas. Las respuestas no se han hecho esperar por parte de diversos sectores. Lo que para muchos puede parecer un experimento interesante, para otros -yo me incluyo- no es sino una estupidez más que demuestra que el futbol mexicano está conformado -en sus entrañas- por las incidencias domésticas de un grupo de administradores, ejecutivos, empresarios y dueños que no saben ni les interesa saber de futbol. El colocar a la Selección Mexicana como un club más supone varias cosas: 1) que Aguirre ya tiene su grupo conformado y que éste es inamovible; de lo contrario, los dueños de los clubes enfrentarían problemas administrativos para admitir periódicas sesiones de jugadores a este otro club llamado La Verde; 2) Que la Federación asuma los volúmenes salariales de estos jugadores (no sé si a Billy, por ejemplo, le convenga seguir pagando el salario de Torrado o Corona a sabiendas que no va a contar con ellos (dejando de lado ese romanticismo que suelen abanderar muchos con la frase: con la verde, hasta gratis); 3) El efecto que esta decisión pueda tener entre los aficionados de los clubes, por el peso específico que muchos de estos jugadores tienen en sus equipos (caso específico: Torrado en el Azul, Ochoa en América, Sabah en Morelia, Israel Castro y Efraín Juárez en Pumas); 4) Los torneos alternos que muchos clubes juegan y que sólo desestabilizan el calendario y desgastan el rendimiento.
A la par de esta estupidez se pueden decantar, sí, una serie de propuestas encaminadas a los mismo, sin las consecuencias que señalo. La posibilidad de aumentarle un equipo más la competencia, con el fin de que ese equipo que sobra jornada tras jornada juegue contra una Selección Mexicana que puede, ahora sí, estar rotando sus nombres. Que pueda organizarse una selección de extranjeros (como en España existe una selección Vasca y una selección Catalana, sin perder su identidad española) para que juegue con la verde y le dé continuidad y fuerza al sistema de Aguirre, por ejemplo.

viernes 16 de octubre de 2009

Elogio del pie

Muchas discusiones he tenido sobre el virtuosismo que entraña el futbol, un deporte que conjuga manifestaciones como la danza, la plástica y el teatro de sombras en 90 minutos irrepetibles. Sin embargo, existe otra condición insoslayable: la del dominio de un órgano que allá, en el sur nuestro de cada día, representa el punto más apartado de nuestros pensamientos. El pie. Ese molusco que nos permite avanzar, correr, atropellarnos, equilibrarnos con la vida diaria, dejar una huella en la tierra como el cuerpo deja su estela en la memoria, ocupa, a la hora de jugar futbol, las atenciones de un príncipe en pleno destierro. Dice Villoro que en un entrenamiento de Brasil durante un Mundial (creo que en Corea-Japón) Rivaldo y un compañero, aburridos, apostaron a tirar balonazos a los postes, ésto mediando una distancia prudente para ser meritoria. Con su estilo cansino, de pausas, de revoloteos de aparente intrascendencia, el Maestro Galindo nos regaló una carrera definida sobre todo por su toque privilegiado. Ponía la pelota donde sea.
Ignoro quien sea el protagonista de este video, que sólo quiere homenajear la trascendencia del pie como el más humilde de los emisarios dentro de una cancha. Es un homenaje también a ese futbol que subsiste en los entresuelos y esta lleno de héroes desconocidos. Justo como este muchacho.

El Ocaso de los Ídolos

No hay un jugador al que admire más que a Diego Maradona. El único que le puede hacer sombra, aunque mi relación con su estampa de insobornable exquisitez futbolística fue más breve, es Johann Cruyff. El holandés reúne las condiciones de esos héroes que, empeñados en recordar sus batallas, periódicamente dan cuenta de ellas con un comentario al calce de algún suceso importante. Su calidad en las canchas, sin embargo, iba en concordancia con un sistema táctica de inviolable orden, donde cada uno de sus elementos conocía de memoria sus funciones dentro del campo. Cruyff era parte de esa maquinaria de grandeza futbolística, y su papel en el único Mundial que jugó, tiene tanta resonancia como el posterior tirunfo de los germanos gracias a eso que ha definido históricamente su juego: pundonor, reciedumbre, disciplina, orden y la memoria histórica de un milagro (y es que Alemania, extrañamente, es raro que llegue como favorito a las finales que ha disputado). Como entrenador, Cruyff logró que el Barcelona fuera una prolongación colectiva de su filosofía y clase. Sin embargo los entrenadores, no sé porque, se agotan en su propia normatividad; sobreviven a regañadientes gracias a una mezcla de estrategia e individualidades visibles, hasta que su librito se convierte en un caos de leyes borronados por el agotamiento. Cruyff abandonó la estrategia como un héroe, luego de lograr que su dirección orquestara un futbol de bordado fino, y nos dejó su clase como herencia. Su declaratoria parece dictada por una fidelidad insoslayable a sus años como jugador. Es extraño leer que declaró contra algún jugador o que habló mal de un compañero de carrera, en fin.
Por su parte, Maradona tomó el camino menos radiante del protagonismo y se empantanó en los márgenes de su carrera con escándalos que él mismo insuflaba frente a los medios. No hablaré de una adicción superada, ni de esa nefasta noción de que hombre y futbolistas deben vestir con la misma prestancia la playera del prócer. No. Maradona ha sido un ejemplo notable en el campo de juego por su visión de campo insuperable, sus mil formas de privilegiar la vocación ofensiva con quiebres, cambios de velocidad, pases milimétricos, tiros al arco en el único punto imposible para un guardameta, en fin. Como ser humano, como ese ciudadano que estampa su firma en una declaratoria mendaz, como ese individuo que presume ser superviviente de sí mismo, no es para nada ejemplar y creo que ni quiere serlo. Sin embargo, cuando tomó el timón de la albiceleste lo hizo con la consciencia de que en su país (sí, ese mismo país del que él es un ídolo porque lo llevó a besar las glorias de un triunfo postdictadura, ese mismo país bocabajeado, automatizado por la consigna atroz de un puñado de militares que hicieron de él una fiesta de enriquecimiento ílicito y sangre) iba a conocer una presión mediática nada gratuita. Todos sabemos que Argentina año tras año es una fábrica de talentos. Sin embargo, de un tiempo a la fecha su futbol doméstico ha pasado de la intrascendencia a la mediocridad con una arrogancia que sus especialistas no se atreven a señalar. Por ejemplo, ponderaron el accionar de un jugador indiscutible como la Brujita Verón en la obtención de la Libertadores, sin asumir la poca densidad futbolística de un torneo venido a menos.
Maradona como técnico nunca pudo documentar la necesidad de configurar un espectro futbolístico amplio, mezcla de ese futbol local que los mismos medios de su país sobreestiman, y mezcla de esa nómina amplísima de futbolistas cuya firma se estampa en los campos de Europa. Nunca supo convivir con los manes de una historia que lo involucraba como héroe, sin pensar en que la villanía es una opción luego de cruzar las lindes del combate. No, Maradona no es un buen técnico. Argentina, con otro mando y con la pleyade de futbolistas con que cuenta, hubiera pasado caminando el umbral clasificatorio. A la falta de capacidad del Pelusa sumémosle el irascible infortunio de su protagonismo, su noción errada de que una selección se puede comandar como si fuera un establo donde él, con sus gritos, con su pecho afuera, con su paso de semi dios tenso encarna a un capataz con todo el poder que otorga su federación. Sus declaraciones tras del triunfo ergentino en el Centenario, son el producto de una perversión que explota en el medio de dos ideales: el de los periodistas (sí, esos mismo capaces de crucificar a Messi porque éste no se lleva a cinco, esos mismos capaces de endiosar a un Palermo que moja en evidente fuera de juego, esos mismos que se reían con las huevadas de Maradona y le ponían preguntas en el plato como botana) y el de Diego, un ídolo en ocaso.

miércoles 14 de octubre de 2009

Regreso sin gloria

Muchos días después, regreso a este espació que me vio nacer a una suerte de periodismo deportivo informal. Un periodismo abierto que le da cabida a ese diálogo permanente que el futbol, desde su lenguaje, logra establecer con muchas, muchísimas manifestaciones. En estos días pude ver, en primera instancia, la calificación de México a la Copa del Mundo de Sudáfrica. Las huestes de Aguirre pudieron más que esa prensa abanderada de un fatalismo turbio y harto sospechoso. La neta, no era para tanto. En términos futbolísticos era más preocupante que en términos de estadística y de sistema clasificatorio. Lo que ofrecían los rivales no era mucho más, sin embargo, que ese futbol cansino y vulgar que México estaba practicando con Sven Goran Eriksson al frente. Aguirre sólo vino a imponer lo básico para que los muchachos recordaran la elementalidad efectiva de un futbol practicado con orden y disciplina tácticas. El más que justo elogio de un jugador lerdo, inteligente, puntilloso y con una insobornable vocación de lider como Cuauhtemoc Blanco, aunado a la confirmación de jugadores como Gerardo Torrado (quien irá por su tercer mundial, lo mismo que el Temo), Osorio, Salcido (con todo y esa molesta y reiterada displiscencia), Guardado o Israel Castro, le puede dar a la plantilla juvenil un legado y un soporte de trascendencia de cara al Mundial 2014.
Por desgracia, el futbol moderno que dicta su cátedra en la gesta mundialista no es para esos genios que, casi en pañales, dislocan el orden de los partidos con un quiebre, un cambio de ritmo, un remate al filo de lo impensable. Ni Owen, ni Messi, ni Cristiano Ronaldo, ni Brolin pudieron estampar prematuramente su firma en el muro de los héroes. Para hacerlo necesitan la tutela de esa experiencia que consolida un muy visible equilibrio en el campo de juego. Por eso, al pensar en una selección mexicana guiada por estas dos luces, pensamos en la necesidad de un trabajo colectivo donde se consoliden los ideales, la filosofía, la forma de concebir el futbol del Vasco Aguirre.

Muchas selecciones ya calificaron. Sin embargo, muchas que están cifradas en la individualidad pueden quedar fuera. Una de ellas es Argentina, que con un resultado adverso y una combinación se puede ir a dormir el sueño de los justos en una muina que le duraría cuatro años. Otra puede ser Portugal, que ya amarró un repechaje, pese a contar con un plantel vastísimo -incluído su megaestrella CR9-. Otras como Venezuela estuvieron a punto de lograr el golpe de trascendencia, sólo que no les alcanzó el plantel para ir más allá de sus posibilidades. Aún así, y con la perspectiva de una generación joven de muy buenos jugadores, me atrevó a apostar que la Vinotinto sólo pospusó su clsaificación para el Mundial 2014.